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De entre el bullicio, utopías

Zuri Grace Bretón

Seguimos en el eterno pico de la pandemia, sin embargo, cada día se habla un poco menos del coronavirus y surgen otros tópicos en la agenda pública (sin que esto sea algo necesariamente positivo).

Claro ejemplo de estos nuevos temas de conversación fue la polémica desatada en semanas anteriores por el Youtuber, Chumel Torres, y su criticada inclusión en un foro organizado por la CONAPRED sobre racismo y clasismo en México. La participación del influencer fue puesta en duda por la esposa del presidente, Beatriz Gutiérrez Müller, quien revivió el chiste con trasfondo racista que hace unos meses había hecho Chumel sobre su hijo menor Jesús Ernesto, a quien llamó “chocoflan” haciendo alusión a su cabello teñido en contraste con su tono de piel.

La controversia se agravó cuando HBO, canal con el que Chumel tenía contrato, decidió suspenderlo temporalmente para investigar posible contenido con tintes racistas hecho por el comediante a través de sus plataformas. El mundo del internet se dividió entre quienes opinaban que esto era censura impuesta por el gobierno federal y quienes lo lincharon mediáticamente.

Si bien, es necesario cuestionar porqué la CONAPRED consideró realizar el mencionado debate entre influencers (algunos con dudosa credibilidad), en lugar de invitar académicos o expertos preparados para ello, me parece que la discusión debiese ir más allá de las supuestas alegaciones de “atentado contra la libertad de expresión” por parte del gobierno y la propia figura mediática de Chumel, pues esto sólo pone de relieve algunos asuntos de mayor relevancia a largo plazo.

Cartón

Aunque, me permito hacer la breve acotación de que este error por parte de la CONAPRED no sería excusa para justificar la desaparición del órgano como es costumbre de AMLO, en lugar de reformar las instituciones para su óptimo funcionamiento.

Esta polémica trasciende a los personajes involucrados y pone sobre la mesa dos cuestiones:
1. ¿Al mexicano le cuesta admitir y enfrentar su propio racismo? Y 2. ¿La comedia debiese tener límites?… Por supuesto, ninguna de las preguntas se responde con un simple Sí o No.

Lamentablemente, la cultura del linchamiento colectivo que se da, sobre todo en Twitter, entorpece bastante lo que podría ser un rico debate sobre una problemática tan apremiante en estos días, pues no se tiene un enfoque reformativo o educacional, que busque soluciones más allá del simple señalamiento, sino que tiene una tendencia a asumir una postura de superioridad moral frente al otro.

No generalizo, por supuesto hay tweets o comentarios que valen oro por su claridad y objetividad, sin embargo, muchos otros olvidan que no nacieron deconstruidos y que el verdadero enemigo es la ignorancia. Por otro lado, cuando el acusado en cuestión no está dispuesto a hacer un ejercicio de introspección y solamente busca justificarse, hay poco que se puede hacer para defenderle de la furiosa horda cibernética que lo coloca en la guillotina virtual para “cancelarlo” en su búsqueda de justicia (al más puro estilo de la Revolución Francesa).

Claro que para no pecar de la clásica amnesia colectiva, vale la pena recordar que, tristemente, las cancelaciones rara vez afectan a quienes pasan por estos ‘juicios públicos’, sino que, por el contrario, en la mayoría de los casos les beneficia como marketing de indignación, aumentando su número de seguidores y views (La Mars y sus escandalosas declaraciones, la campaña clasista de Hershey’s y su consecuente aumento de ventas o el estandupero Mau Nieto y su hipócrita “apoyo” al feminismo, por mencionar algunos ejemplos.)

Hágase la Luz

Por supuesto, cuando se trata de defender (o juzgar) a nuestros ídolos, es muy difícil, por no decir imposible, ser objetivos y desprendernos de la admiración (o aversión en su defecto) que un personaje nos causa. Quizá lo más prudente sería dejar de mitificar e idealizar a esas figuras públicas y ver a las personas como humanos imperfectos, productos de su tiempo y contradictorios por naturaleza.

Eso por parte de los que asumen la postura de negación al problema o ceguera voluntaria frente a las fallas de sus héroes y quienes generalmente en el debate utilizan la ya muy desgastada carta de, “Es culpa de la generación de cristal”. ¿De verdad existe una generación ‘mazapán’? o será que huimos de lo incómodo que resulta cuestionar la cultura en que hemos sido criados y analizar más allá del “todo les ofende”.

Tenemos tan normalizadas e interiorizadas estas actitudes que señalan los Social Justice Warriors (Guerreros de la Justicia Social), que somos incapaces de observar el verdadero trasfondo y chistes como los de Chumel nos parecen “inocentes”.

Hablamos de debates complejos que, en este caso, nos hicieron rascar la herida del racismo en México, ese que muchos niegan y lo quieren disfrazar de simple “clasismo”. Por supuesto que históricamente el racismo en México es muy diferente al que vemos en EUA, pero no por ello es menos profundo o dañino. Resulta preocupante porque ha sido invisibilizado y estamos muy lejos de tener el valor de mirarle a la cara como lo que es.

Cartón Caricatura

Las sociedades latinoamericanas tienden a eludir la realidad de una evidente cultura de pigmentocracia, bajo la visión de que somos “una sola raza mestiza”. Sin embargo, el racismo está presente en nuestra historia desde nuestro origen colonial de división por castas, hasta en la obra de uno de nuestros revolucionarios e intelectuales más queridos, José Vasconcelos, quien en su libro, La raza cósmica, expresa un claro discurso de supremacía racial al plantear el “mejorar la raza” a través del mestizaje. ¡Qué mejor muestra de que ningún héroe está inmaculado!

En esta discusión, Racismo vs Comedia, pareciera que ni un bando está en lo correcto, ni el otro completamente equivocado, quizá, como en todo, las respuestas no se puedan dar en términos absolutos y conclusivos. Especialmente en temas sociales, cuyas problemáticas son sistémicas y estructurales, resulta necio tratar de ver las cosas en blanco y negro, quizá más bien se trate de que el dialogo discurra por el amplio espectro de tonalidades, con sus muchas aristas y complejidades (y no me culpen por sonar idealista, recordemos el nombre de esta columna).

Lo positivo que se puede rescatar de estas discusiones posmodernas en twitter es que nuestra generación está rompiendo con los preceptos morales tradicionales y planteando los propios. Si se reflexiona, es hasta entendible que se tengan debates tan pasionales, pues estamos como sociedad reescribiendo las reglas de convivencia.


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