No estamos tan mal

Ridículas Casualidades
Manuel Augusto

Thunder awoke me, I sat up my feet on the floor
Silver the lightning that shattered the lock on my door
Feel like I’ve lived my life long
Just waiting for this day to dawn

Awakening — Jefferson Starship

6:26 PM


Calor y tráfico, mala combinación. La temperatura sube como el precio de la gasolina, o al revés, el caso es que todo está jodido. El rojo del semáforo acecha de nuevo. La espera me invita a tranquilizarme, a tratar de no pensar en irremediables tonterías, pero no puedo; echo miradas al rededor sin querer observar, tampoco puedo. Clavo mi mirada en el tablero por un momento. Debería ser lo contrario, pero empieza a preocuparme que la aguja del medidor de gasolina señala el mismo nivel desde hace varios días. Me inquieta porque no he cambiado la rutina, la misma de todos los días desde hace años, y reparar o cambiar la bomba saldría carísimo, ¡como si fuera poco lo que tengo que gastar de gasolina a diario!

6:27 PM


Estoy varado tras una camioneta roja; tipo van, vidrios polarizados, placas de Arizona, modelo no mayor a 2004, sucia, roída. Noto y memorizo todos los detalles porque en mi tiempo libre soy un implacable detective. Adentro, algunas sombras logran dibujarse levemente por la luz del sol que persiste tenue. Distingo por lo menos tres personas que paradas rozan el techo con la nuca y se lanzan golpes que parecen de juego. El medidor no se mueve, parece congelado y sé que debería de estar contento de que, al parecer, me rinda tanto la última carga. Pero ni que la vida fuera tan buena, así que estoy tentado en llegar directo al taller, para qué esperar a que me deje tirado. Los de adentro de la camioneta se mueven tan estrepitosamente que ésta se sacude.

6:28 PM


Reflexiono en llegar al taller o parar en La Sin Rival. Nunca es muy temprano ni demasiado tarde para una Carta Blanca bien muerta. Y además me la debo. Somos víctimas de otro alto y pienso que por lo menos no de un asalto. En el entretanto, el temor me invade mientras, sin encontrar, busco dinero en los bolsillos del pantalón, hasta que reparo en que traigo unos billetes metidos en las botas. La epifanía de todos los días: está decidido. O no. Debería guardar el dinero para el taller. Los tiempos no están mejor. La eterna crisis me persigue, o yo a ella. Esta crisis en la que estamos sumergidos es más grande que todos, más grande que el país entero, imposible de superar. Quizás es lo que nos mantiene a flote (medianamente), la constante lucha por salir de ella, porque ya que salgamos, ¿qué seguiría? No, no puedo ir por esa cerveza, ahora sí está decidido. Y vuelve a mí la pregunta que se esparce por todos lados: ¿será cierto que los rusos están metiendo su cuchara en las campañas presidenciales? Que tontería, me respondo, como si no tuvieran suficiente qué hacer en sus heladas tierras. Aunque, a decir verdad, la idea me coquetea, de niño soñaba con ser un espía infiltrándome en las oficinas de la KGB. Me regresa a la realidad un flashazo en el interior de la camioneta, pues dibuja en el aire la silueta de un par de piernas calzadas con tacones.

6:29 PM


No tengo idea de cuánto me costará arreglar el coche, eso si es que siguen fabricando piezas para este modelo tan viejo, si no ya me jodí en serio. ¿A poco nos quieren invadir los rusos? No, ni que fuera la Guerra Fría. La camioneta se sacude otra vez. Los flashazos continúan y los que están de pie lanzan puñetazos a quien está en el asiento central con las piernas al aire. O eso parece. A través del espejo lateral veo la cara del chofer que con un cigarrillo en la mano ríe. Echa miradas sospechosas en el espejo retrovisor hacia atrás y a la calle. Alcanzamos el siga al fin, avanzamos lento. En lo más hondo siento la imperiosa necesidad de perseguir la camioneta. Pues qué se traen. En mi mente brincan múltiples posibilidades de lo que está sucediendo allí adentro, historias desgarradoras que acabarán en sangre, balazos y por lo menos una muerte. O quizá verpeliar1 tantas de detectives me pusieron paranoico. Eso y los supuestos rusos que nos invaden mediáticamente y en el ciberespacio.

6:30 PM


Aunque decido no seguirlos, continúo tras ellos; dimos vuelta en la misma avenida. Pienso en rebasarlos y olvidarme de esto; no tengo dinero para andar jugando al espía gastando lo que no sé qué tanto tengo de gasolina. Intento hacer la maniobra, pero la camioneta acelera, acelera mucho y quedamos a la par. Al diablo el gasolinazo, prefiero seguir pagando de más que andar a pie. Ojalá alance el taller abierto, no quiero que se me apague en cualquier lugar y me deje a mi suerte, que ya vi que no es mucha ni buena. El chofer y yo cruzamos miradas. ¿Pensará que lo vengo siguiendo? Desacelero bastante hasta llegar a alrededor de los 30 km/h, pero él hace lo mismo, aunque ya no tiene la mirada en mí, sino en el espejo retrovisor. No me vendría mal estrenarme como detective con este caso de los rusos, qué tal que desenmascaro todo un complot. Abren la puerta lateral y tiran a la calle lo que parece un cuerpo. No lo puedo creer, un alivio me recorre al ver que finalmente se ha movido el medidor de la gasolina. ¡Me libré del taller! Y no, no era un cuerpo, era solamente una piñata mal hecha con figura de Lady Gaga.

6:31 PM


Después de todo, no estamos tan mal.






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