La (in)necesaria idolatría

Ridículas Casualidades
Manuel Augusto

Who are these men of lust, greed, and glory?
Rip off the masks and let’s see.
But that’s no right – oh no, what’s the story?
There’s you and there’s me
That can’t be right

Crime of the Century — Supertramp

Helter Skelter


Luces artificiales recorren cada rincón de la habitación del hospital en Bakersfield, sin embargo, todo está oscuro; ya no hay futuro, no para él. Los intermitentes bips de los monitores cesan, dan paso al sonido lineal que se aprisiona entre las cuatro paredes; ese sonido inconfundible que alerta en los primeros instantes e inmediatamente anuncia lo inevitable: ya no hay dudas ni rumores, ha muerto.

A la edad de 83 años, Charles Manson falleció por causas naturales en Bakersfield, California, el 19 de noviembre. La noticia tardó en esparcirse lo que tarda un dedo en hacer retuit. Cuarenta y ocho años después de los asesinatos que le valieron la pena de muerte (conmutada a cadena perpetua), fama internacional y renombre como un asesino serial, Manson sigue siendo noticia.

Polémica, desinformación y ocio; bien podría esta triada ser un sinónimo de las telecomunicaciones de la era actual basadas y ponderadas en las redes sociales. Las reacciones que acompañan esta noticia, tristemente, llegan a impactar más que la propia noticia, o bien podría decirse: las reacciones de tristeza por la muerte de Charles Manson son la verdadera e impactante noticia.

Y no es que sea motivo de alegría o que personalmente le haya deseado la muerte, ni que ésta, como su vida entera, no sea lamentable por el hecho de haber sido un ser sintiente, ni que sea capaz de juzgar y decidir quién vivo o muere. Sin embargo, es innegable que hay algo retorcido y enfermo en el hecho de idolatrar, entristecerse y aplaudir el ‘legado’ de este o cualquier otro asesino.

Es imposible negar la inteligencia y carisma que poseía para poder haber formado “La Familia Manson” y perpetrar intelectualmente los asesinatos, pero también es imposible negar el hecho de que sus seguidores (de antes y de ahora) tienen una visión muy limitada de la realidad. Idolatran a falsos profetas y caen en lo que tanto repudian: fanatismo naturalmente ciego, sin criterio propio ni completo conocimiento de causa.

Si bien es cierto que hasta un insecto o una piedra pueden ser maestros de vida, y que hasta de lo más atroz se puede obtener alguna enseñanza, me parece repulsivo ver la forma en que algunas personas lo intentan hacer ver como un profeta, una persona sabia, un ejemplo para la humanidad o, incluso leí por ahí, como parte del balance entre el bien y el mal que al mundo la hace falta. ¡No! No fue ningún profeta; Helter Skelter, la canción de los Beatles, no es un llamado profético para una guerra racial (como él así lo creía), ni debería ser un ejemplo que seguir y tampoco forma parte del balance universal. Tal balance no se trata de matar a alguien por cada uno que nace, no, es natural y la humanidad no forma parte activa de éste. Su legado debería limitarse a una muy triste y dolorosa ‘lección’ para la humanidad, como recordatorio de que la sociedad se desquebraja y se rompe en el punto más débil.

El infierno


La realidad es que esas lecciones son del orden utópico, son idealistas y nunca serán del todo aprendidas; por el contrario, miles de asesinatos suceden a diario a lo largo del mundo. Somos, como humanidad, una especie autodestructiva.

Racistas, psicópatas, fanáticos religiosos, neonazis, narcos, rateros, estafadores, violadores, políticos, asesinos: el mundo está lleno de personas vacías que idolatran de alguna u otra manera a alguien o algo y hacen daño en su nombre para conseguir un beneficio individual, placer, dinero o poder típicamente.

En México Charles Manson no es una figura tan seguida como lo es en EUA, pero hay otros tantos personajes que figuran como tal, acarreando seguidores que son motivados por el dinero y lo ‘fácil’ de obtenerlo; hablo de organizaciones delictivas, del narcotráfico, sectas religiosas, redes de productos ‘milagro’ utilizadas para estafar y políticos con vida de millonarios a costa del erario, solo por mencionar algunos ejemplos detestables.

Me parece imprescindible comparar a Manson con el Chapo, asesinos y cabezas de una organización y ambos con miles de seguidores, o trabajadores, que es casi lo mismo. El primero recibía en prisión cientos de cartas de mujeres y hombres que le mostraban su admiración e idolatría desmedida. Incluso, también en prisión, se le fue otorgada una licencia de matrimonio para casarse con una joven que entonces tenía 26 años. Por otro lado, el Chapo tuvo los reflectores de Hollywood encima por haber sido entrevistado por Sean Penn y Kate del Castillo (¿era necesario?, ¿qué querían demostrar?); su más reciente captura en enero de 2016 provocó movilizaciones, marchas de apoyo y un montón de parafernalia en torno al narcotraficante, principalmente en su pueblo natal, Badiraguato, Sinaloa.

¿Qué diferencia hay entre el Chapo, Manson y demás figuras públicas que incitan al odio detrás de cualquier tipo de máscara? Quizá solamente que el primero apareció en la revista Forbes.

¿Es de extrañar esta idolatría que se ha normalizado hacia alguien que ha cometido tantos asesinatos? Me sigue pareciendo ilógica, inquietante e impactante. Pero posiblemente sea necesario retroceder un paso y cuestionarnos a cerca de los demás ‘ídolos’ que seguimos ciegamente, sobre todo en los perímetros dogmáticos.

Tal vez es momento de empezar a preguntarnos a quién estamos idolatrando e idealizando como sociedad: dioses e ideologías, izquierdas y derechas, a jugadores de futbol, músicos, bullys, narcos, famosos de tv, políticos (o ‘actores’ políticos), líderes religiosos, supuestos maestros espirituales, manipuladores de masas, youtubers y una lista casi interminable de personajes que poco aportan a la sociedad de manera positiva, pero que sus palabras tienen repercusión como una onda expansiva en millones de mexicanos.

Es momento de mirar hacia otro lado para despertar conciencias críticas y así evitar seguir vanagloriando falsos e infructuosos ídolos que no hacen más que dañar. Quizá el comienzo es tan simple como cambiar de canal, apagar la tv o abrir un libro, hacer del arte y la cultura la base que impulse y haga reaccionar las consciencias sociales. A fin de cuentas, solo nosotros podremos salvarnos.

 





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