Muero porque no muero

Ridículas Casualidades
Manuel Augusto

El pájaro y el chanate
jugaron una partida
el pájaro está muriendo
el chanate en la otra vida

El Pájaro Y El Chanate — Óscar Chávez

Aura (Muerte)


Es 2 de noviembre, día de muertos. Ándale, qué puede pasar. ¿O qué, ya te vas a rajar? Dos niños andan en las calles. Aunque parece, no son hermanos. Su amistad está marcada por un apretón de manos sellado con un escupitajo. Nel, nunca me he rajado, menos ahorita. Los dulces y los disfraces son lo de menos, ellos solo quieren divertirse. Pedir calaverita o ir de casa en casa diciendo ‘dulce o truco’ les da igual, no importa; siempre quieren truco solo por variar. Aunque ya los esperan en casa, qué más da un rato más jugando. ¡Pues órale entonces, a mí me tocó la última vez! Las casas huelen a copal, cempasúchil y pulque, a lo lejos y muy quedito suenan Chavela, José Alfredo y Cuco Sánchez, y las tintineantes velas, que no alumbran mucho, serenan los ánimos y forjan en el ambiente la combinación perfecta entre paz y nostalgia; ni se siente el frío que empieza a caer con la noche. Bueno, pero esta es la última y nos vamos, ya nos han de estar esperando para cenar y ya ves cómo se pone tu mamá. Las fotografías que, entre más antiguas y desgastadas, más bellas se ven, como si se impregnaran de la nostalgia de quienes la ven o como si hablaran por sí solas, engalanan los altares y los recuerdos; es que algo del alma se queda en las fotos, en las de papel. La tuya, qué.

Pájaro (Vida)


Es 2 de noviembre, día de muertos. ¿Eso es vida?, se preguntan los hermanos. ¿Qué habría hecho mamá si estuviera viva? Ella siempre tenía la respuesta correcta. La vida de su padre se pausó. No, no ha muerto aún, pero no puede hablar ni moverse, ni siquiera abrir o cerrar los párpados. Pues no hay nada más que hacer, ayudarlo, asistirlo y estar con él, como él estuvo siempre con nosotros. Está postrado en aquella cama que parece incómoda, pero no pueden costear una mejor; esa, de por sí, ya los había hecho endeudarse por un largo tiempo. Entonces, ¿puedes quedarte tú hoy? Decenas de aparatos conectados a su cuerpo, y éstos a su vez conectados a la electricidad, mantienen la esperanza viva (¿de quién?). No, hoy no puedo, tengo que cuidar a mi hija. ¿Y tú? Todos lo sienten, pero nadie habla del hastío de la rutina, tan solo de pensar en platicarlo sería ceder, darse por vencidos, dejarlo ir, y nadie está dispuesto a ello. Están aferrados a un milagro, dijo el doctor, sería un verdadero milagro. Cada uno lo ha pensado, el milagro no llegará, papá solo empeora, ningún signo de mejoría. Pero cómo dejarlo ir, cómo decirle adiós a quien dio la vida por sus hijos. Imposible, tenemos que atender la fonda, ya les había dicho, ¿y tú? Desconectarlo no es opción, al menos no ahora. Si tan solo les pudiera dar una señal, si pudieran comunicarse con él, un mensaje en forma poética que les ilumine el andar y el entendimiento. Tampoco, trabajaré hasta tarde. La rutina diaria es más pesada por las mañanas: asearlo, vestirlo, ejercitarlo, alimentarlo. Las noches se vuelcan, mayormente, en estar al pendiente, lo de siempre pero no menos demandante. Tres años han pasado desde el incidente. Su mamá ya no estaba, mejor así, pensaron ellos, se evitó la tristeza de verlo así. Ni hablar, me quedo yo con mi hija. Los cuatro hermanos, desde entonces, van a medias, como con algo de ellos postrado también en la incómoda cama, recostado a un lado de la memoria y aferrados a la vida. Hoy para ellos no hay celebración. Llevan el recuerdo presente, claro, pero no hay tiempo para más.

Chanate (Renacer)


Es 2 de noviembre, día de muertos. Cae la noche y llega Paloma, la hermana mayor con su hija, a relevar a la enfermera. Paloma, hija, ojalá pudiera hablarte y me escucharas. Ya ha sido suficiente. Viví pleno y feliz, tuve todo, los tuve a ustedes y a tu madre. Aunque son pocos, es preciso seguir los cuidados rutinarios. También hay que atender a la hija, prepararle la cena, revisar la tarea y acostarla para dormir. Es tiempo de reencontrarme con mi esposa, tu madre, a quien tanto he amado. Voltea a verme, por favor, por última vez dame una de tus miradas tiernas como cuando eras niña. Ha sido un día peculiarmente cansado para Paloma, la casa, el trabajo, la familia, el tráfico. No ha podido dormir bien en semanas. Luego de terminar los quehaceres se echa a la cama para descansar. Aún no te vayas Paloma, tengo algo que pedirte. Escucha esto, ya estoy listo para partir. Tú y mis demás hijos estarán mejor así, aunque sé que pueden seguir, también ha sido suficiente para ustedes. Necesitamos paz. Minutos después, dos niños que ignoran tantas cosas y no advierten consecuencias, están afuera de la casa haciendo travesuras. Son las fechas, el ambiente. Es día de fiesta, ¿no? Uno incita al otro a tocar el timbre y correr, el otro le dice que no, en cambio bajan el interruptor de electricidad para que se queden a oscuras, caminan a la puerta y tocan y hacen ruidos como locos con tal de asustar a los de adentro, para luego salir corriendo. Ni Paloma ni su hija escuchan los sonidos, cayeron en sueño profundo. Tampoco escuchan los pitidos alertando que los aparatos han dejado de funcionar. Adiós, es momento de soltar, de renacer.

 

Fuentes

 






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