El blues del olvido

Ridículas Casualidades
Manuel Augusto

El país es una tumba
Y también mi corazón
El país es una fosa
Y también mi corazón

Tabacos del Amor — Real de Catorce

Los ríos de sangre


Cae la tarde como caen las balas. Llueve sangre, aquí y en el cielo. Silencio y ruido da igual. Los guantes blancos apuntan indiscriminadamente a matar. Los uniformes verdes responden. Avasalla la confusión y la histeria. ¡No corran! Indican por el audio. No hagas caso, trata de correr, trata de esconderte. Solamente trata, sin más. No hay escapatoria. No hay ruta de escape que te salve de la ráfaga de plomo.

Entonces calla, fúndete entre silencio y miedo. Cierra los ojos, quizá todo pase pronto, quizá sea un mal sueño. Quizá nunca debiste salir de casa, pero tenías que hacerlo. Quizá debiste despedirte de mamá con un abrazo, pero no lo hiciste, no hubo tiempo. Sabías que el día sería largo y cansado. Qué puede cansar a un corazón revolucionario. Pero nunca lo imaginaste así. No hay manera de entenderlo, simplemente no la hay. Saliste a la calle, caminaste codo a codo con el contingente, puño y frente en alto. La revolución había iniciado, ya no podías pararla, tú ya no te podías parar. Abre los ojos y regresa al momento. No sabes qué hacer, porque ya no hay nada que hacer.El miedo te paraliza, pero el tiempo sigue andando, no te preparaste para esto, nunca pensaste que pasaría algo así. No hay manera de entenderlo, ¡carajo, no la hay! ¡Corre, sí, corre! Es lo único que puedes hacer. Esquiva a los demás, salta los cuerpos derrumbados. No intentes luchar, nunca podrás vencerlos, ellos tienen armas, tú solo la voz y la razón. Mézclate con los demás. Aléjate de las metrallas. La suerte aún no está echada. La sangre en tus manos no puede ser tuya, tiene que ser de alguien más, de alguien que tuvo menos suerte. Levántate, no puedes quedarte ahí en el suelo. Los ríos de sangre pronto te cubrirán ¡Date prisa! Los verdes siguen avanzando, no dan tregua. Los disparos no cesan. ¡Abre los ojos, levántate! No te dejes caer otra vez, no cierres los ojos, no te duermas, no te derrumbes, todavía puedes salir de ahí. ¡Mira, el de a un lado se está moviendo! ¡Aún está vivo! Acércate a él, ayúdalo. ¡Vamos, levántate! ¡No cierres los ojos aún! Todavía puedes correr al edificio más cercano, subir las escaleras y esconderte, alguien tiene que ayudarte. ¡Anda! Límpiate las manos y corre, ¡corre! No te rindas antes de que te olviden, aún no.

México en una laguna y mi corazón echándose clavados”1

México es una canción de blues. Es dolor y placer, serenidad y locura, azul y noche. Es un solo de guitarra que cala en lo más hondo, pero no puedes dejar de oír. Es un río de sangre que se confunde con el lodo. Es la voz de quien se bebió la vida en un trago de alcohol. México es una fosa con cuerpos sin almas ni nombres ni rostros. Es mezcal y balas. Es traición y burla, fingir ser lo que no es. Es una fiesta sin sentido y una misa sin cuerpo presente. Es sufrir por placer y al revés.

Pero México también es olvido. Se distrae y entierra su pasado, pero no muy hondo, cualquier lluvia remueve la tierra que intenta cubrir la mancha, la imborrable mancha de sangre que acusa la represión, la injusticia, la falta de libertad.

Años han pasado desde la peor matanza que ejecutó el Estado y seguimos olvidando. Historias que se repiten interminablemente, en diferentes lugares, con diferentes gentes. Son los mismos colores “renovados” los que tiñen de rojo al país. Pero ya no solo es el Estado, es también la gente matando, violando y torturando a la misma gente.

Los cementerios guardan nombres, las fosas el lamento de un desconocido. Los cementerios guardan el recuerdo, las fosas acumulan cargas pesadas. A los cementerios se llevan flores, a las fosas acaso un gramo de esperanza.

Dichosos los que han podido poner un nombre a una lápida, los que tienen un lugar para poner una veladora, los que tienen un lugar para llorar. Dichosos los que la angustia no les fue eterna.

Los ríos de sangre no llegan al mar, alguien los tiene que limpiar del suelo y de la memoria, de donde más duele. Alguien, quizá las madres, tienen que quitar las manchas de quienes dejan vacío y dolor. Alguien tiene que ir río abajo para buscar el cuerpo, y con suerte, encontrarlo. Alguien tiene que escarbar la tierra y reclamar al cielo. Alguien tiene que seguir buscando, alguien tiene que seguir rezando.

Mientras no haya memoria, no habrá esperanza.

“Puro chance. Aquí se encontraron de sopetón el águila y la serpiente, y desde entonces vivimos dejados a la puritita suerte.” (Los Caifanes, 1967)
Fuentes







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