Ecos: la noche más larga

Ridículas Casualidades
Manuel Augusto

And no one showed us to the land
And no one knows the where’s or why’s
But something stirs and something tries
And starts to climb towards the light

Echoes — Pink Floyd

El irremediable sabor de la angustia


Septiembre 7. En México algo se rompió. Se reabrió la herida irreversible que hace eco en lo más hondo de nuestro ser, de nuestra memoria y nuestro olvido. Una misma noche en que dos hechos, separados por cientos de kilómetros, escribieron con sangre un capítulo por demás triste y lamentable en la historia del país. Una noche que parece no acabar.

Al menos 61 personas perdieron la vida a consecuencia del sismo de magnitud de 8.2 grados registrado al sur de la costa chiapaneca. Sobre Oaxaca y Chiapas, un manto oscuro arropó las calles que ahora advierten destruidas sus casas y edificaciones. Entonces las horas se colmaron de silencio profundo, desolación y desamparo. Pero la noche del 7 de septiembre parece eterna, se han estirado sus minutos al punto del colapso. La noche más larga y oscura aún no termina.

Esa misma noche del 7, no hubo alertas para Mara Castilla, no hubo tregua ni escapatoria, no pudo correr y nadie alcanzó a escuchar el eco de sus gritos. Mara no tuvo la culpa, ni sus padres, ni sus amigos. Mara fue víctima de un feminicidio; cruzó su andar con un ser despreciable en el peor momento. La noche en que no llegó a casa no estaba escrita, no tenía por qué pasar así, no tenía que partir sin despedirse, no tenía que tragar oscuridad y vomitar rabia e impotencia, no tenía que decir adiós en la soledad y el horror. La noche en que Mara, como otras tantas mujeres han desaparecido, no debió haber llegado.

Esa noche, la del 7, aún sin saberlo, a todos se nos vino algo encima, más pesado que el metal y más frío que el abandono: el irremediable sabor de la angustia, los interminables porqués y los fatídicos hubieras. La razón y la esperanza se vieron invadidas con cientos de preguntas como ¿dónde está Mara?, ¿con quién?, ¿seguirá con vida?, ¿volverá a casa?, ¿algún día terminará este infierno?, ¿por qué ella?, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?

El silencio profundo


Septiembre 15. El informe oficial está dado, 8 días después. La esperanza se acabó, también la incertidumbre. El silencio profundo terminó. Nadie escuchó los lamentos ni el eco que provocó la sangre al caer, nadie pudo ayudarla, nadie pudo salvarla del que no era su destino. Solo la oscuridad fue cómplice, solo la noche más larga fue testigo silente.

Ninguna madre debería de enterrar a sus hijos. Nadie en ninguna ciudad debería sobrevivir preso del miedo de quizá nunca regresar a casa, de no volver a amanecer. Miles de manos extendidas no son suficientes para aliviar la angustia, para secar las lágrimas de la madre que busca a su hija, de la hermana que busca a su contraparte, de los amigos que se hunden en los hubieras, de los vecinos que se aferran a la esperanza, de la sociedad que busca explicaciones racionales y los millones de mexicanos que quieren hacer retumbar el eco de sus voces para que todos escuchen-diciendo ¡NI UNA MÁS!

19 de septiembre. Amanece, pero la noche más larga es terca y se empecina en no terminar. A la 1:14:40 de la tarde, al igual que hace 32 años, la Tierra y sus caprichos nos recordaron puntualmente lo vulnerable que somos, que todo es impermanente. 12 días después de la noche del 7, un terremoto con magnitud de 7.1 grados con epicentro en el suroeste de Puebla, arrebató la calma de quienes apenas la iban recobrando. El eco de los daños alcanzó a la CDMX y los estados de Puebla, Morelos, Guerrero, Estado de México y Oaxaca.

La alerta sísmica en la CDMX poco pudo adelantarle el paso a la catástrofe que se avecinaba. La suerte estaba echada. La histeria y miedo por el recuerdo del temblor del 85 apabullaron al país entero al instante. El ruido que ensordece, el polvo que ciega, el miedo que paraliza, los recuerdos que hieren, la incertidumbre que eterniza cada segundo, la angustia que se convierte en un silencio profundo que no deja pensar, que no deja respirar, los minutos al borde de la ruptura interna, la memoria y las estúpidas piezas del rompecabezas que no encajan y nunca lo harán, los dóndes, los porqués.

Edificios oscilantes, calles respirando, árboles danzando, aguas agitadas, derrumbes de edificios, nubes de polvo, incendios, fugas de gas y cortes de electricidad fueron las primeras imágenes que se mostraban en las redes sociales; histeria, pánico, llantos y gritos desesperados de personas corriendo por las calles y otras cubiertas de polvo y tierra que por su propio andar pudieron salir de entre los escombros de lo que se les vino encima.

Las calles se ahogaron en confusión y desconcierto; con la desolación de quiénes perdieron sus casas; con la desesperación de quiénes añoraban y suplicaban que rescataran a sus familiares; con la incredulidad de los que no daban cuenta de lo que pasaba; con la ternura de los niños aterrados que buscaban a sus padres; con el silencio eterno de quienes perdieron la vida.

Adentro en los edificios, casas y escuelas no podía ser muy diferente. Soledad y peligro, oscuridad, nostalgia y dolor en los pasillos. Años de esfuerzos y sacrificios, vidas enteras, se vinieron abajo junto con la ilusión y quizá con las ganas. Recuerdos viejos, nuevos y por venir marcados por lo impreciso y voraz de la naturaleza, aquella noche, la noche más larga que se resiste a terminar.

México bajo la lluvia


En la misma noche, el espíritu de unión y solidaridad de los mexicanos muy pronto hizo eco en cada rincón que necesitaba ayuda. La garra, la valentía y la entereza de quienes no dudaron en acudir al grito mudo de auxilio, fue la luz que iluminó la oscuridad de la noche más larga para miles de personas.

En reacción inmediata, uno a uno, pares de manos de civiles voluntarios en multitudes incontables se fueron sumando a una ágil e improvisada organización en conjunto con rescatistas profesionales y personal oficial para emprender las tareas de rescate. En otros lados, también manos voluntarias de todo el país se agruparon y organizaron para empezar el acopio de víveres y materiales necesarios para el rescate de personas y remoción de escombros.

El tiempo no da tregua, es inminente. Pronto llegó la ayuda internacional y canina, y nos recordó que no estamos solos y que somos solo seres humanos, capaces de perderlo todo, pero también de darlo todo. Luego comenzaron a sacar personas vivas de entre los escombros y cada una fue una victoria para el pueblo, y también hubo muertes y cada una fue un lamento insondable.

20 de septiembre. Como receta perfecta para el caos, la ciudad de México estuvo bajo la lluvia, pero ésta no fue impedimento para que las labores continuaran. La bandera nacional se alzó vigorosa, pujante. Hombro con hombro, mujeres y hombres demostraron que sí, que es posible, que la lluvia no es suficiente para detenerlos, que se puede y debe seguir luchando por salvar vidas y resguardar, dar comida y ropa a quienes lo necesitan, como el eco de una voz que dice: “aquí estoy para ti”.

Pese a las muestras interminables de solidaridad y apoyo la angustia continuó. Aún faltaba mucho por hacer, aún había mucha incertidumbre. Esto apenas comenzaba. ¿Quiénes siguen bajo los escombros?, ¿están vivos o muertos?, ¿cuál es el siguiente edificio que colapsará?, ¿cuándo volverá a sacudirnos la Tierra?

23 de septiembre. Los ecos de la noche más larga se extienden. Un sismo de magnitud de 6.1 grados se registró al norte Ixtepec, Oaxaca. A raíz de éste, dos mujeres de 58 y 83 años fallecen en la CDMX, tras sufrir un infarto provocado por una crisis nerviosa. La memoria paralizó la ciudad nuevamente. Volvieron a la mente los ecos de los recientes y más terribles recuerdos.

El daño colectivo está hecho; en realidad nunca se ha ido desde el 85, la ciudad tiene memoria, sus calles están resentidas. La lluvia bajo la lluvia, la interminable angustia, el retorno a los lugares más dolorosos, el pánico que se repite una y otra vez. Y no hay de otra, solo aguantar, hacerle frente, erguir la cabeza y alzar los brazos, encontrar en el silencio el eco de la esperanza de una vida, encontrar en los otros un poco de cada uno y al revés, ser tú y verme a mí, caminar codo a codo, avanzar, reconstruir y no dejar a nadie abajo ni atrás.

Ecos de esperanza


Al tiempo que escribo estas líneas el informe oficial habla de al menos 318 personas fallecidas en la CDMX y los demás estados afectados, los operativos de rescate y remoción de escombros continúan.

En medio de la incertidumbre y el dolor, la escena común de los lugares dañados en los que se realizan labores de rescate es la señal del puño en alto que hacen para pedir silencio absoluto en la zona con el fin de poder oír alguna señal de vida de quien esté bajo los escombros. En esos momentos, ese silencio profundo también significa esperanza. Pero no en todos los lugares siniestrados la hay. Las redes sociales informan extraoficialmente que hace falta voltear a ver a otros lados, a otros municipios y comunidades afectadas que siguen en ruinas desde el sismo del 7 de septiembre, que necesitan ayuda, agua, comida y ropa.

También es preciso no olvidar. El recuerdo y nombre de Mara es el triste pero valiente estandarte del hartazgo, indignación, impotencia y miedo que viven las mujeres, lamentablemente, día a día; es también la suma de la memoria de miles de mujeres a las que les arrebataron la libertad y la vida; pero, sobre todo, es el estandarte de la unión de las mujeres con las mujeres para exigir el respeto a su derecho legítimo de expresarse, vestirse y vivir libremente y sin miedo, y que se castigue con rigor a quien así no lo haga. Pues, la justicia que se exige para Mara es la esperanza que queda para iluminar la noche de y para las mujeres, es la lluvia que limpiará a México para que ellas puedan andar, hacer, crear, baila, ser libres y vivir sin miedo.

Cuando pasen los días, cuando haya bajado la euforia no olvides a Mara, ni a ninguna mujer, tampoco olvides a quienes los sismos les arrebataron la vida, ni a los desparecidos, ni a los que aún no encuentran consuelo ni hogar. Recuerda el eco de las cosas que caen, el eco de las voces que nadie escuchó, el eco de la noche bajo la lluvia, el eco de los corazones que sueñan a la par y el de los que dejaron de latir. Sé la luz que da fin a la noche más larga.

“Pero algo se mueve y algo intenta, y comienza a subir hacia la luz”







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