Yo me muero como viví

Ridículas Casualidades
Manuel Augusto

Será que la necedad parió conmigo,
la necedad de lo que hoy resulta necio:
la necedad de asumir al enemigo,
la necedad de vivir sin tener precio.

El Necio — Silvio Rodríguez


Para no variar empiezo estas líneas de madrugada, con toda necedad y fatiga; y me viene a la mente la canción que arriba suscribo. ¡Qué rolota! Aunque la mía parece una necedad distinta, la de escribir algo aun sin tener claro qué decir, no la es. A veces de eso se trata, ¿no? De solo avanzar para ir descubriendo lo que hay adelante, aunque tal vez nada llegue. O puede llegar todo.

Al tiempo que escribo esto, y no dudo en relacionarlo, ocurre un sismo con epicentro en la cercanía de la costa chiapaneca, que sacude a la CDMX. La ciudad que pese a los años y pese a todo, permanece, necia y franca, aunque nada serena y totalmente vulnerable. Ha habido otros sismos y seguramente vendrán muchos más, y la ciudad continuará necia, de pie. Lluvias, sismos, socavones, delincuencia, corrupción, ante eso y más, la CDMX sigue y se levanta.

Creo que sí, que de eso se trata, de aferrarnos lo más que se pueda y saber cuándo parar. Se trata de ser necios en el qué y el cómo ser. Se trata de permanecer honestos consigo mismos, sin importar lo que suceda. A colación me viene a la mente una frase de María Eugenia de Jesús: “Es una locura no ser lo que se es con la mayor plenitud posible”.

Sin precisar las fechas, la primera vez que escuché esta canción de Silvio fue hace mucho tiempo, en casa por supuesto, gracias a que mis padres inundaban las paredes con buena música. Era apenas un niño y en ese entonces, aunque me sabía la letra no le había puesto la debida atención que requiere, sino hasta hace algunos pocos años.

En realidad, es una muy fuerte y transparente rola. En ella Silvio desnuda su postura y sus creencias personales y sociales. En varias estrofas habla de su creencia en Cuba y todo lo que ésta representa, así como su apoyo total a la revolución y de que lo instan a arrepentirse por ello. Habla también de su creencia en la bondad del humano más allá de lo divino o la religión y que a fin de cuentas si hay o no cielo, los actos terrenales son los que cuentan. Pero, sobre todo, y mucho más importante, habla de que seguirá siendo quien es, de permanecer necio en lo que cree, pese a todo, pese a la muerte, con “la necedad de vivir sin tener precio”.

Quizá es la necedad, o su ausencia, lo que nos hace hacernos, lo que nos hace ser. La necedad de vivir y no solo sobrevivir. La necedad de crear, aprender, disfrutar; la necedad de querer tomar y escribir como Bukowski, de dar un paso más o unos metros más, de leer otra hoja, de escribir una línea más, de entregar otro reporte, de esperar al teléfono; la necedad de añadir otro disco a la colección, de llegar a Marte, de obtener el siguiente nivel en un videojuego, de querer gritar otro gol; la necedad de querer llegar a casa; la necedad de no viciarse en formas, de no atascarse en pensamientos planos; la necedad de no ser ajenos, ni aparentar ser lo que no se es.

Sí, de eso se trata, de dejarnos llevar por la necedad y permanecer necios en lo que somos y queremos ser.

 

 

 






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