¿Quién fue Edmundo Santos? (2da Parte)


Adrián Gundislav – Historias del Doblaje

En Busca del Doblaje

 

Lee la primera parte de la narración:

Narración inspirada en un documento aduanal con sede en Eagle Pass, Texas, encontrado por el autor, fechado el 5 de noviembre de 1926, en donde Edmundo Santos, con 24 años de edad, se dirigía a la ciudad de Nueva York para continuar con su carrera de actor.

Aquí vamos de nuevo. Eagle Pass, Texas nuevamente, después de visitar la casa materna. Un sueño roto, pero otro encontrado, como aquella persona que encuentra un billete de alta denominación, a muchas millas de distancia de la ciudad donde pretendió, por fin, concluir su educación. Cuando su madre le informó que ya no podría seguir pagando el instituto, una gran decepción hizo que se le cayera el alma a los pies. Pero no iba a rendirse. La música, el arte y el espectáculo lo seguían llamando fuertemente, como una palpitación en la piel, que no se va. Ya había entrado por primera vez a la poderosa urbe de hierro, donde convivía gente de todo el planeta e intercambiaba pensamientos, sentimientos y emociones, pero también se enfrentaban unos con otros en una tensión social, cultural y racial perenne. Esta vez iba de vuelta, con mucha mejor suerte que la primera ocasión. Cuando llegó, lo hizo a través de un carguero sucio y maloliente, trabajando como mozo en el cuarto de máquinas y soportando el mal carácter de sus superiores. Su baja estatura lo dejaba en franca desventaja frente a otros mozos y marineros, más fuertes y altos que él, que se reían de su acento y de su incipiente calva prematura. Al fin, tras muchos días de solo ver el mar plano y el cielo gris, llegó a Nueva York.

Desembarcó de noche y decidió buscar alojamiento en aquella ciudad extranjera que no se veía muy amigable. No quería regresar al horrendo barco con su horrenda tripulación. Tomando un taxi, hizo su camino hasta las calles principales, y lo primero que lo sorprendió y deslumbró fueron los escaparates luminiscentes y las enormes marquesinas. Se sentía exultante. Los mejores musicales de Broadway a cargo de grandes compositores como Irving Berlin, Jerome Kern, Vincent Youmans, Cole Porter, Richard Rodgers y toda la pléyade de músicos judíos del Tin Pan Alley que hacían las delicias del público neoyorkino fascinaban al joven Santos. También lo fascinaban aquellos bailarines afroamericanos que ejecutaban sus suertes en una carpa ambulante, tan similar a las que existían en México en aquel entonces… pero aquello aún estaba lejos.

Pasaron los días, y solo pudo conseguir un modesto trabajo de elevadorista, en uno de los prestigiosos y nuevos rascacielos de la Gran Manzana. Por el día trabajaba allí, soportando las malas caras de mucha gente, los empujones, golpes y la falta de educación o cortesía en general de muchos pasajeros de los ascensores, terminando molido, cansado y con ganas de no saber que era un ascensor de nuevo. Mientras que por la noche asistía a los variopintos e interesantes espectáculos neoyorkinos, ya fuera en los teatros de Broadway, las carpas o los músicos y bailarines callejeros que actuaban todo el día a cambio de unas monedas. Así fue como empezó a aprender a bailar. Observaba con detenimiento tanto a bailarines de los estilos musicales de moda, como a los bailarines clásicos de ballet en los escenarios más selectos. Pronto, no sólo estaba bailando, sino también comenzó a tener pequeños papeles en las carpas callejeras y más tarde, se le presentó la oportunidad de actuar en Broadway, la cual aceptó encantado.

A pesar de su éxito artístico, Edmundo seguía viviendo en el hambre y en el frío, en un viejo cuarto donde otros soñadores, que perseguían el sueño de ser grandes artistas, también vivían…

El camión ya se había enfilado y atravesaba las secas planicies de Texas, rumbo a los pantanos de Louisiana. Edmundo había conocido a una bella bailarina mientras trabajaba por última vez, y no podía sacarla de su mente. La forma en como le giñaba el ojo, la linda sonrisa aperlada y los ojos vivaces y pícaros lo habían enamorado. Estaba decidido a buscarla y cortejarla. Ella misma parecía sonrojarse un poco, cuando el joven Santos, de baja estatura pero bien parecido, de porte elegante, fino y caballeroso, la saludaba besando su mano. No solo el amor parecía promisorio para Edmundo, sino que también había conseguido un empleo de planta como profesor de baile, de modo que esta vez tendría un ingreso mucho más seguro que el que le proporcionaba el teatro. Había también incursionado en el canto con buenos resultados, su voz aguda y nasal de tenor era atípica pero afinada en una época en que los cantantes debían ser barítonos masculinos y aterciopelados. Entonaba los tango, operetas y zarzuelas de la época, así como los últimos éxitos del Tin Pan Alley sobre los escenarios neoyorkinos.

Este era, pues, el joven Edmundo, a sus veinticuatro años de edad, ya convertido en todo un artista, viviendo su sueño contra viento y marea, sin importar sus necesidades económicas, era más feliz que nunca y se sentía cada vez más pleno. «Who could ask for anything more?» diría la letra de una popular canción publicada algunos años más tarde, como si, quizás, se hubiese inspirado en la felicidad de aquellos que logran vivir sus sueños sin importar lo que suceda…

No se pierdan la próxima semana, el final de esta historia.*

*Este artículo es una ficción basada en hechos reales, concerniente a la vida del actor, compositor, bailarín. Locutor y empresario mexicano Edmundo Santos (1902-1977), quien fue seleccionado personalmente por Walt Elías Disney para ser el traductor, adaptador, coordinador y director de doblaje en las producciones de la empresa Disney al español latino, cargo que ocupó desde 1943 hasta su muerte en 1977. La historia relatada ha sido trazada con base a un documento migratorio localizado por el autor, con fecha del 19 de septiembre de 1919, en el que el joven Edmundo Santos, con 17 años de edad, cruzaría la frontera a través de Eagle Pass, Texas, para viajar a San Antonio, Texas, donde llegaría para estudiar en el Mexican Methodist Insitute (después llamado Wesleyan Institute en, mismo que después se volvió parte de la Universidad de Texas , campus San Antonio).

 

 



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