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De entre el bullicio, utopías

Zuri Grace Bretón

Poco más de un mes lleva nuestro país sumido en el temor ante un enemigo mundial e invisible y a lo largo de las semanas, esta crisis humanitaria ha demostrado ser más mediática que viral (refiriéndonos al origen real del término y no al fenómeno de masificación en redes sociales).

El pánico colectivo, la incertidumbre y la paranoia en la que hemos vivido en este periodo y que se agudizan al pasar de los días, van más allá del virus mismo y en mi opinión, tienen su origen en tres fenómenos puntuales.

Por supuesto, en primer lugar, debemos mencionar a las famosas fake news, que hoy más que nunca circulan a escalas masivas en redes sociales y conversaciones de WhatsApp, surgidas de autores anónimos y sin respaldo o fuente rastreable alguna, pero cuyo efecto expansivo atemorizante sobre algunos sectores sociales, sorprende por su rapidez.

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El segundo responsable serían los propios medios de comunicación “serios”, que no han dado un ejemplo mucho mejor de ejercicio periodístico de calidad, pues constantemente fallan en la objetividad y caen en el amarillismo con tal de tener la primicia de la noticia, llevando a la sociedad a un estado de alarma (un ejemplo de entre muchos, es el de diversos periódicos de renombre nacional que se adelantaron en la nota del supuesto primer fallecimiento en México por COVID-19 del empresario José Kuri Harfush, para resucitarlo unas horas después).

Estas claras deficiencias de la prensa nacional no sólo se reflejan en las notas o reportajes finales de los diarios, sino que somos testigos de ellas diariamente durante las transmisiones en vivo de las conferencias de prensa, donde los representantes de diversos medios de comunicación hacen gala de poca elocuencia con preguntas que resultan en muchos casos, involuntariamente cómicas.

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Y aunque el tercer punto no sea responsabilidad directa de los medios masivos, sino de las autoridades gubernamentales, la naturaleza del problema reside igualmente en la información.

Nuestros propios líderes, dan señales contradictorias o, por decir lo menos, ambiguas. El presidente López Obrador (por cierto, perteneciente al grupo vulnerable de la 3ra edad) de gira repartiendo besos y saludos de mano, mientras que el subsecretario de Prevención y Promoción de la salud, Hugo López-Gatell, nos pide enérgicamente quedarnos en casa siguiendo medidas higiénicas y de Sana Distancia. En la mañanera el presidente nos cuenta una historia y a las 7:00 pm en la conferencia de prensa del coronavirus, somos testigos de otra.

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La información es poder. Bajo esa premisa la sociedad mexicana no podría estar más vulnerable y en la penumbra de lo que se encuentra en este momento, frente a un mar de sobreinformación donde discriminar los datos reales y sin vicios políticos se vuelve una tarea cada día más difícil. Hemos llegando al punto en que se tienen que publicar y circular guías para identificar noticias falsas e infundadas, pues se reproducen quizá tan o más rápido que el propio coronavirus.

Sin embargo, debemos recordar que nada es permanente; los laboratorios de las principales potencias mundiales trabajan a marchas forzadas para desarrollar cuanto antes la vacuna contra el COVID-19, no cabe duda que dentro de 2 años o incluso menos, el miedo desmedido que se le tiene hoy a este virus, será cosa del pasado.

Pero, seguramente los estragos de la recesión económica en la que estamos entrando se vivirán mucho más tiempo y la agudización de una pobreza ya insostenible para más de la mitad de los mexicanos puede resultar en una tasa de mortalidad aún mayor de la pronosticada para el virus del que hoy nos escondemos en casa.

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Los medios masivos de comunicación poseen un enorme poder de persuasión, históricamente usado de manera irresponsable para la manipulación. Ésta sería la oportunidad perfecta para usar dicha capacidad de influenciar de manera positiva, siendo fuente de certeza y objetividad ante la crisis, ¿qué fin más noble que el servir así a la sociedad?, lamentablemente, nada más utópico que ese ideal.

En este país de privilegios y privaciones, no sólo se evidencian las kilométricas brechas sociales en el acceso a la salud o la estabilidad laboral, sino en el acceso mismo a la información clara y sin sesgos que nos permita sobrevivir exitosamente a una pandemia sin antes ahogarnos con el miedo y la incertidumbre que paralizan.

Ante este virus importado por las clases privilegiadas y sufrido principalmente por los menos afortunados (como todo en México), pareciera que la cura ha resultado más dañina que la enfermedad (en términos sociales y económicos), por el bien de nuestro país, (y el mundo en general) ojalá que esté equivocada.

 

 





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