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De entre el bullicio, utopías

Zuri Grace Bretón

En prácticamente todas las familias mexicanas tenemos un tío, papá o primos que viven en ‘el gabacho’, familiares nuestros que migraron (la mayoría de forma ‘ilegal’) y forman parte de un grupo creciente de latinos inmigrantes a los que Donald Trump, mandatario de nuestro vecino del norte, declaró la guerra, convirtiéndolos en el estandarte de su gobierno como enemigos número uno de la nación.

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La crisis humanitaria de migrantes y refugiados no se limita a EUA, sino que es un fenómeno global ante el cuál la mayoría de los gobiernos de ‘primer mundo’ han cerrado sus puertas.

La misma respuesta dio el gobierno mexicano, al negar el libre tránsito a la caravana migrante que llevaba dos días varada en la frontera sur de nuestro país. Alrededor de mil migrantes centroamericanos (dentro de ellos decenas de menores de edad, algunos niños aún de brazos), que a través de una carta dirigida a López Obrador solicitaban acceso para transitar en territorio mexicano. Ante el rechazo y guiados por la desesperación, la mañana del lunes 20 de enero, decidieron romper el cerco y enfrentarse con piedras a la Guardia Nacional que vigila la frontera de Chiapas con Guatemala.

Recordemos que el año pasado el gobierno mexicano cedió ante la presión y amenazas del gobierno estadounidense de incrementar los aranceles a nuestros productos (medida que amenazaba seriamente la estabilidad económica del país) y aceptó usar a la recién creada Guardia Nacional como una especie de patrulla fronteriza, comprometiéndose a frenar el paso de migrantes que persiguen el ‘sueño americano’, (la utopía de una vida digna).

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Nos hemos convertido en el patio trasero de Estados Unidos, y las imágenes de Agentes de la GN respondiendo con gas lacrimógeno, empujones y patadas a los migrantes demuestran que quizá a esto se refería Trump cuando presumía que México pagaría por el muro. Nuestro gobierno, invirtiendo sus propios recursos y empleando la fuerza de un organismo cuyo propósito original era enfrentar la crisis de inseguridad de nuestro país, es la medalla perfecta que Trump se colgará en su próxima campaña electoral como el triunfo que les prometió a sus simpatizantes.

Por ello, es un sabor más bien amargo el que produce la felicitación recibida la mañana del miércoles, por parte del secretario de Seguridad Nacional de EUA, Chad Wolf, en la que elogia el actuar de nuestras autoridades y de paso, aprovecha para advertirle a los pocos migrantes que no fueron detenidos o regresaron por propio pie, que si logran llegar a territorio estadounidense serán deportados inmediatamente. Proceso en el cual seguramente muchos niños serán separados de sus padres y puestos en centros de detención (mejor conocidos como jaulas humanas donde los derechos humanos pierden todo valor).

Este país que nos felicita por ser una extensión de su brazo firme contra los migrantes, es el mismo cuya industria cinematográfica aplaude y premia desde hace varias semanas a la cinta surcoreana ‘Parásitos’, la película más desafiante y crítica del sistema capitalista producida en el último año. Traigo a colación esto, porque resulta irónico observar el fenómeno de xenofobia y rechazo a la crisis humanitaria a la luz de esta obra y su cruda denuncia (muy recomendable por cierto).

Bong Joon-ho, director de esta película, ha comentado en diversas entrevistas el efecto inesperado de su obra. Él asegura que al escribir el guión y dirigirla, buscaba retratar una realidad vivida en su nación (un país oriental que se piensa, nada tiene en común con el nuestro), sin embargo, la conexión que tuvo el público internacional con su historia y la empatía que desarrollaron con sus personajes fue indiscutible.

La misma anécdota se podría desarrollar en México, Alemania, Brasil o Australia y el efecto sería el mismo, puesto que se trata de una historia universal, la de la desigualdad. Bong Joon-ho, describe su película como una comedia sin payasos y una tragedia sin villanos. No hay trama más actual y global, que ésta.

Sin hablar el mismo idioma, los personajes que son retratados como parásitos de la sociedad en el filme coreano, tienen todo en común con los migrantes que protagonizaron hace unos días los violentos enfrentamientos en nuestra frontera sur. Tienen las mismas ansias de acceder a una mejor calidad de vida, “invadiendo” espacios que el sistema ha determinado que no les corresponden.

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Es prácticamente un hecho que, entre otros premios, esta película se llevará el Oscar a la Mejor película hablada en una lengua extranjera, el próximo 9 de febrero, reconocimiento que el año pasado fue otorgado a la cinta mexicana ‘Roma’. No es coincidencia que ambas tengan un discurso paralelo y retraten la misma realidad.

Las dos nos hablan de espacios habitados por personas pertenecientes a polos opuestos de la sociedad y cómo estos lugares comunes se fragmentan al punto de convertirse en realidades distintas dentro de una misma casa (dependiendo de la perspectiva del personaje).

Si bien, se tratan de obras de ficción, son tan crudas como la realidad tangible que vivimos día a día. Ejemplos sobran, como el caso de los 10 músicos indígenas ejecutados y calcinados el 17 de enero, por grupos delictivos en Chilpancingo Guerrero, que no acapararon ni la mitad de atención mediática y/o movilización policial, que la masacre de la familia LeBaron en noviembre pasado.

Estos espacios compartidos, pero fragmentados, pueden ser tan pequeños como una habitación donde convive una trabajadora del hogar y un niño burgués, o tan grandes como un continente donde una caravana migrante es repudiada por la ideología ultra-nacionalista actual que se expande con rapidez en todo el mundo. Pues, como lo dijo el mismo Bong Joon-ho, “Esencialmente, todos vivimos en el mismo país llamado capitalismo”.

 

 


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