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De entre el bullicio, utopías

Zuri Grace Bretón

Finaliza octubre de 2019, estamos a tan sólo 60 días del cierre de la segunda década del siglo XXI. Éste fue un mes turbulento, por decir lo menos, no sólo para México y los estallidos de violencia vividos en semanas anteriores, sino para toda la región de Latinoamérica. De centro a sur, de Bolivia a Chile y de Haití a Ecuador. La estabilidad social (y económica, de paso sea dicho) de esta región del mundo es convulsa.

Las raíces del problema en cada caso son complejas y diversas entre sí, aunque al mismo tiempo, no tanto. En esencia, es uno solo el reclamo, un mismo sentir, una misma voz: la del hartazgo ante la extrema desigualdad que se extiende a lo largo y ancho de esta región del continente.

(Foto: Pexels)

Parece que las naciones latinoamericanas, cansadas de las fallidas políticas neoliberales (sin afán de ser tachada de chaira) que se habían apropiado de la región hace no tanto, intentan regresar a las corrientes de izquierda. Una izquierda que, como lo vemos en el caso del polarizado México, tampoco parece muy lista para enfrentar la crisis eficientemente, por lo menos no en un escenario cercano.

Y es que el adolecer de nuestras naciones, va más allá de la inclinación política y bastante más allá de una cuestión actual. Estalló una olla de presión que venía hirviendo hace tiempo y el descontento colectivo ya no se apaga con aporreos. Ya no es suficiente con que líderes como Piñero pongan mano dura y después aflojen y después amenacen y declaren la guerra y después pidan disculpas. Ya están incapacitados los medios de comunicación tradicionales para contener la fuerza de la Opinión Pública y sobre todo, de la presión de la crítica internacional.

(Foto: Pexels)

Los manifestantes con ayuda de sus smartphones se han convertido en los más efectivos reporteros y el internet en el medio por excelencia, el de mayor alcance y resonancia. Ese es precisamente el meollo del asunto. No se trata solamente de que se haya llegado al punto máximo de hartazgo en el que no pasa más de una semana sin enterarnos de un nuevo conflicto en algún país vecino (que sí), sino que los jóvenes latinoamericanos, líderes de estas revueltas, han encontrado en las redes sociales el combustible más concentrado para alimentar la movilización y organización para salir a las calles (sí esos millennials que la sociedad tacha de antipáticos, pero finalmente han resultado los menos apolíticos).

Por un lado, la problemática ha ido incrementando (por supuesto), la vida es cada vez más inaccesible para las nuevas generaciones (1 de cada 10 latinoamericanos vive en extrema pobreza, según la Cepal) y las proyecciones de crecimiento económico para la región no llegan ni al 1% (apenas 0.6%), mientras que las predicciones para Asia y África son del 5.9% y 3.2% respectivamente. A nadie debería de sorprenderle el ambiente social actual, la apasionada inconformidad es la respuesta más obvia frente a dicho escenario.

Y es que ante la inmediatez de las redes sociales, resulta más difícil la censura o maquillaje de información. Ya no es posible para los gobiernos poner al aire a un Jacobo Zabludovsky a decir, “Hoy fue un día soleado” (como sucedió posterior a la noche de Tlateloco, precisamente un octubre de hace medio siglo), antes de que eso suceda, la noticia tiene ya secuestrados los Trending Topics de Twitter y nuestros muros de Facebook repletos de crudos videos de los acontecimientos.

Es muy probable también, que los presentes estallidos de los pueblos latinos estén influenciados por movilizaciones previas (y actuales) al otro lado del globo, como los chalecos amarillos en Francia, o más recientemente las manifestaciones de Catalunya y Hong Kong. Ni siquiera es necesario ir tan lejos, los sucesos de este inusual octubre están, sin duda, directamente relacionados con eventos como el controversial encarcelamiento de Lula en Brasil o el suicidio del expresidente Alan García en Perú por el escándalo de Odebrecht.

Éstas son claras señales de heridas en el tejido social de la región, que llevan abiertas largo tiempo.

(Foto: Pixabay)

El caso es que, ya sea para cuestionar lo sucedido en urnas (Bolivia), o participar muy activamente en ellas (Argentina), o exigir desesperadamente el cese a la desigualdad (Chile), la gente está saliendo a las calles ante la menor provocación y parece improbable que cualquier toque de queda que se pretenda imponer logre meterlos de vuelta a sus casas.

¿Significa todo lo anterior que estamos ante una primavera latinoamericana? Difícilmente…por lo menos es muy pronto para asegurar tal cosa. La historia ha demostrado muy bien que a nuestra región no se le da mucho eso de pasar del equinoccio de dicha estación. Por lo menos no se vislumbra en el horizonte aún un puerto de llegada próximo (ni seguro) para el naufragio político, social y económico de latinoamérica.

Pero, la cólera y esperanza se mezclan extrañamente en las consignas multitudinarias y por el momento, soñar con futuros más brillantes no hace daño. Eduardo Galeano (el mismo autor que denunció que las venas de América Latina estaban abiertas), alguna vez dijo atinadamente, “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos… ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.

 


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