Mausoleos del Ángel: El círculo de la vida y la muerte

Adrián Gundislav – Historias del Doblaje
En Busca del Doblaje

Continuamos con la segunda parte de nuestro especial de día de muertos, esta vez con el panteón Mausoleos del Ángel, ubicado en Ciudad Universitaria, el segundo panteón que es morada final de muchos actores de doblaje mexicano. Hoy, la crónica de nuestra visita.

Lee aquí la primera parte:

Caminando entre el molesto olor a orina y unos viejos plásticos negros puestos a manera de lona en las vallas oxidadas, vislumbré el edificio del mausoleo. No se veía particularmente notorio que fuese un cementerio, simplemente parecía ser un edificio más de alguna dependencia, unidad de estudios o salones de clase de la Universidad. Ubicado en el Pedregal, al sur de la ciudad, el terreno era típico de la zona: roca volcánica dura, gruesa y seca por todas partes, múltiples accidentes en el terreno y algunas peñas y barrancas.

Al llegar a la entrada del cementerio, pregunté por la sección que contenía a los actores. Contemplé al fondo, en la distancia, los antiguos volcanes extintos al sur de la ciudad, apenas visibles entre la bruma fría y la contaminación. Caminé cuesta abajo hacia el estacionamiento del panteón, al lado de este se hallaba el viejo edificio que había visto desde fuera del camposanto. Una vez ahí, tras confundirme un poco, inquirí de nuevo. La sección de los actores no estaba en aquel sitio. Una guardia me condujo a través de un viejo camino, flanqueado por plantas de nopal, pasto y más piedra volcánica. El edificio principal quedó atrás, y llegamos a una vieja rotonda… La estructura, en la cima de un modesto peñasco, contrastaba ominosa y seca contra la luz débil del mediodía, Al entrar, se extendía discurriendo curvas a mí alrededor, como el ciclo eterno de la vida y la muerte, en medio de un sol que brillaba como plata bruñida entre las nubes de invierno.

(Foto: Pexels)

Al lado de la rotonda había unas estructuras de concreto sin terminar, y algunas varillas de hierro que se erigirían contra el cielo nublado, como un asta bandera en medio de un campo de batalla al amanecer. Una vieja valla ocultaba el basurero del panteón donde había un par de ataúdes recientes, que no me atreví a examinar.

Subí la escalera. Entrando con suma cautela, el frío y salitre de la vieja rotonda a la intemperie se hizo patente. Caminé entre la oscuridad y el abandono de las viejas placas de mármol que se extendían imponentes en filas hasta el techo, varios metros encima de mi cabeza. El salitre, la humedad y los años hacían mella en las placas superiores, más cerca del altísimo y toscamente enyesado techo.

Solamente se escuchaba el sonido polvoriento y nostálgico de los autos en la avenida cercana, como un eco lejano, ajeno del mundo de los vivos, a muchos kilómetros de distancia, fuera del panteón. Varios nombres conocidos empezaron a aparecer:

Dulcina Pérez Carballo – 1936-2010.

Guillermo Portillo Acosta – 1918-2004

Nelia Romero de las Cuevas 1922-1999

Antonio Salazar Raxel 1922-1999

Yolanda Araceli León Rosas 1951-1999

Alvaro Tarsicio Rosales del Toro 1934-1999

Eduardo Castell Rivera 1913-1993

Carlos Pouliot Zorrilla 1934-2004

Dulcina Carballo, actriz que siempre realizó papeles de damas bellas, sensuales o heroicas; el señor Portillo Acosta y su voz legendaria, sus sentidas declamaciones que conmovían al más estoico; Nelly Salvar, la voz áspera desde sus años de juventud; Antonio Raxel, el simpático embustero que narraba sus aventuras en la Segunda Guerra Mundial, ante las risas incrédulas de sus compañeros actores; Araceli de León, la querida actriz que dejó un legado generacional en su hija y nieta; Álvaro Tarsicio, el hombre alegre pero de carácter duro que le dio su voz a Popeye, el Marino. Eduardo Castell y Carlos Pouliot, actores de modesta calidad pero parte del sindicato y de las filas de finados de la rotonda…

De pronto, un ruido me sacó de mi fascinación. Un hombre mayor, vestido de azul, de lentes y cabello entrecano, caminaba en la parte del mausoleo que quedaba expuesta a la intemperie. Procedió a hincarse frente a las placas de mármol. Lo saludé brevemente, por respeto y cortesía, y continué examinando las tumbas. El descuido y abandono era más obvio en esta sección de placas. Algunas incluso tenían letras faltantes, o estaban ausentes los años de nacimiento y defunción.

Eduardo Alcaraz

Jorge Mateos Cappa

Luis Manuel Pelayo Ortega

Guillermo Romo Guzmán

Francisco Muller Sanchez

Armando Ríos Viloria

Juan Domingo Méndez

Humberto Osuna Páez

Eduardo Alcaraz, gran actor chileno que pasó sus últimos días lisiado debido a la diabetes que lo aquejó; Jorge Mateos, actor de semblante depresivo que ganó la lotería en algún momento de su vida, además de ser un maestro del florete y la espada como profesor de esgrima; Luis Manuel Pelayo, famoso como personalidad de la televisión; Francisco Muller, un comediante de gran talento; Guillermo Romo, un maestro de la locución de voz cálida, e inolvidable narrador en el doblaje de antaño, que años después de morir su nombre le dio título a un premio y una fundación en su nombre en la asociación mexicana de locutores. Armando Ríos, un individuo flamboyante y gracioso, quien fuera delegado de los actores en una vieja empresa de doblaje; Humberto Osuna, de rebuscado estilo para actuar, estrella de las radionovelas con excelente voz de barítono; Juan Domingo Méndez, estupendo director de doblaje yucateco, afecto también a contar embustes como su colega Raxel, y parte del legendario grupo que hizo doblaje en la ciudad de Nueva York …

El viento me golpeó en la cara mientras el sol se ocultaba tristemente entre las nubes. El clima auguraba frío y lluvia. Uno de los trabajadores del cementerio se acercó, preguntándome si había sido yo quien había solicitado una escalera para subir a los nichos que se encontraban en lo más alto de las paredes. El caballero que había saludado hace algunos minutos había sido quien pidió el servicio, y el empelado del cementerio subió por la escalera, presto a colocarle flores al nicho de otro actor que no había notado hasta entonces.

Florencio Castelló 1905-1986

Dolores Jiménez 1909-1986

Qué sorpresa. Sin creer lo que mis ojos veían me dirigí al hombre. El hombre que venía a honrar a sus muertos era nada más y nada menos que el hijo del talentoso comediante y actor español Florencio Castelló, apodado el Currito. Con satisfacción me dijo que su padre había trabajado con grandes estrellas del cine mexicano, además de realizar doblajes para Disney. Temblando le comenté un poco de mis hallazgos. El hombre sonreía, pero noté que le costaba trabajo recordar datos sobre su padre. Me pregunto mi nombre y me dio las gracias por estar interesado en el trabajo de su padre. Seguí sin creer lo que estaba pasando. De nuevo el viento frío sopló, ambientando la escena lúgubre y a la vez alegre. Me despedí rápidamente de Florencio Castelló Jr. Pensando que quizás sería poco apropiado seguirle preguntando cosas sobre su padre o interrumpir su tiempo de luto. Me di la vuelta y me retiré. Eché una última ojeada al viejo mausoleo. De nuevo me indignó el descuido de las tumbas de aquellos geniales actores. Ni hablar. Mientras, no dejaré de trabajar para que ellos no sean olvidados…

(publicado originalmente el 16/12/2016,
corregido el 29 de octubre de 2018)


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