Contra-burocracia

Ridículas Casualidades
Manuel Augusto

La gente amontonada
En los servicios y en la embajada
Y en las instancias de gobierno
Todas las colas son un infierno

La Ciudad de la Esperanza — Panteón Rococó

La raíz de todo mal


La burocracia, o el descontento hacia ésta, nos une como mexicanos más que un partido de futbol de la selección nacional contra Argentina en un mundial para pasar al quinto partido. De alguna u otra manera, todos hemos sido víctimas de la insufrible pesadilla que representa realizar un trámite de gobierno en ventanilla.

En este país existen dos palabras que no son equivalentes en el diccionario, pero en la práctica significan más o menos lo mismo: burocracia y filas; es imposible separarlas, sortearse entre ventanillas casi siempre requiere hacer fila, irse a la cola, ser el último nuevamente, volver a empezar.

Al final de la espera inmóvil, los mexicanos vivimos a expensas del humor de quien, a través de una pared de vidrio, decide nuestra suerte de por lo menos un día; una sonrisa o una sonrisa invertida de bienvenida será el sello que cancele para bien o mal el trámite en cuestión.

Tengo miedo


Miedo es un sinónimo de burocracia, al menos en México; miedo de haber olvidado la copia por ambos lados de la fe de bautismo del vecino; miedo a esperar y resistir en la fila, pero no alcanzar turno porque se atraviesa la hora de comida; miedo de no cumplir con todos los requisitos; miedo a ser atendidos por un tipo pedante y prepotente; miedo de no haber firmado exactamente igual que en la credencial; miedo de ser chamaqueado por los que, a fuerza de hostigamiento y a cambio de unos pesos, dan informes y socorren en llenar las formas necesarias; miedo a ser asaltado en la fila; miedo a perder el lugar por tener que salir corriendo al baño y que al volver no lo respeten; miedo que la persona de adelante deje meter a sus amigos en la fila; miedo de que quieran una mordida para avanzar con el papeleo; miedo e incertidumbre de que nada de lo anterior suceda y no saber qué hacer.

Contra-burocracia


Luego de postergar por algunos meses el inevitable acercamiento a la burocracia, en días pasados tuve la fortuna de volver a adentrarme en los sinsabores de todo lo que ello implica cuando menos: la desmañanada, las democráticas filas, el brincoteo entre innumerables ventanillas y el siempre puntual pago de impuestos.

Cautivo de constantes sorpresas, las calles aún semivacías me brindaron un excelente lugar para estacionarme, a unas seis cuadras de distancia. Arribé al lugar con más de una hora de anticipación al horario de apertura. La fila a pies de la puerta aún cerrada se extendía a más de veinte lugares entre personas y sillas. En el papel de representante legal, las sillas, tan visibles como fastidiosas para moverlas, eran la irrefutable evidencia de que el despreocupado y confiado dueño, ocupa ese lugar en la fila.

(Las filas, ese espectáculo que en las dependencias gubernamentales no pocas veces resulta digno de un análisis esquinero. Algún dios baraja las cartas y las reparte para de-formar una mano tan variada como interesante).

Al no estar familiarizado con el sistema que se descubría ante mí por primera vez después de más de diez años, lo encontré un tanto perturbador. Varias preguntas aturdieron mi aún adormilada mente. ¿Cuánto durará el trámite que deben de llevar consigo una silla que aunque en su mayoría plegables, estorbosas? ¿Por qué no traje una silla?, ¿debía traer una? ¿Cómo lo supieron?, ¿me salté ese párrafo en la hoja de requisitos? ¿Desde qué hora estarán aquí formados? ¿Cuál es la hora precisa para ser el primero en la fila? ¿Si trajera silla, me dejarían pasar con ella o tendría que dejarla encargada? Mientras buscaba respuestas sin esfuerzo, más gente seguía llegando… ¡con silla! Lo más peculiar de esa situación fue que llegaban saludando, no por cordialidad sino por familiaridad, a quienes ya estaban allí y no eran sillas, claro. Uno de los saludadores y saludados era el que me antecedía en la fila. De reojo y con fines analíticos, pude ver que llevaba consigo diferentes juegos de documentos, todos a nombre de diferentes personas. ¡Claro! El misterio se resolvió.

A la burocracia solo se le puede atacar de frente con contra-burocracia: agentes libres que no están encadenados a un escritorio o ventanilla, que gozan de relativa flexibilidad de horario, dedicados a hacerla la vida más fácil a sus clientes, lidiando todos los días con el papeleo, las filas y los vaivenes de la burocracia mexicana, librando batallas a morir en nombre de un tercero. Estos agentes son algo parecido a una enciclopedia de los trámites. Saben los requisitos, los horarios, el costo, la ubicación exacta de las oficinas indicadas, las excepciones, los casos raros y hasta con quién se tiene que dirigir para agilizar el trámite; todo cuanto sea necesario para logar su encomienda.

Adicionalmente a los mencionados agentes que acaparaban los primeros lugares en la fila, ésta seguía extendiéndose, tanto en tamaño como en variedad de personalidades. Diferentes edades, estaturas, pesos, peinados, ropas y otras tantas variables que se incrementaban mientras se alargaba la espera. La fila, sin embargo, tenían el común denominador de estos nuestros tiempos: el celular frente al rostro. Salvo algunas personas sobre todo de edad avanzada, el resto mataba el tiempo deslizando el pulgar de abajo hacia arriba por la pantalla.

La espera eternizada se acortó cuando de pronto un tipo, varios lugares atrás de mí en la fila, decidió para todos que no había mejor manera de empezar el día, con lo que restaba por vivir en el mismo recinto antes de que el trámite terminara o la oficina cerrara, que con una canción reproducida directamente desde su celular al máximo volumen, que no era mucho, pero sí lo suficiente molesto y tan de mala calidad que fue imposible siquiera reconocer la melodía.

En el desfile de personalidades, un poco atrás del melómano, pero más cerca de mí por las vueltas que va haciendo la fila curva, otro señor, sin teléfono celular en mano, se empeñaba en platicar sus desgracias a quien tomara desprevenido. Buscando apoyo, atención o desahogo, se desvivía por enlistar los infortunios y malpasares pasados y corrientes. En su mayoría hablaba de enfermedades, padecimientos clínicos que le habían mermado la vida, pero aun así le había alcanzado para tener ocho hijos y quince nietos.

En tiempos electorales abundan quienes son al mismo tiempo politólogos, economistas, videntes y hasta “amigos” del candidato de preferencia; expertos analistas, férreos críticos del sistema y las leyes. O creen serlo. Son todo, incluso crédulos, excepto silentes o prudentes. Pocos minutos antes del horario de apertura, la fila llevaba suficiente tiempo de vida como para romper el hielo y hablar de esto que nos concierne a todos. Sin embargo, hablar no siempre es la mejor opción. Había quien, según alcancé a escuchar limitadamente, daba como ciertas algunas acusaciones a un candidato que, es bien conocido por todos, son falsas. Otros repetían memes como si fueran información verídica. Y otros más hablaban defendiendo a su candidato con el argumento y autoridad de un pepino.

Uno de los mencionados conta-burócratas se apersonó con una pareja que estaba justo enseguida de mí. Con acento amable y educado, el agente los abordó con la simpleza de una pregunta que les interesaría a ambos: “¿sí viene la firma de quien les vendió el coche en la parte de atrás de la factura? Es que si no lo van a regresar. ¿Y sí trae el comprobante de domicilio, original y copia?, ¿y la CURP? También va en original y copia, y además debe de venir certificada, ya no es como antes, ¿se acuerda cuando empezó la CURP?” Lo anterior bastó para que mientras uno se quedaba apartando el lugar, el otro se saliera de la fila y acompañara al señor a no sé dónde con la promesa de hacerle la firma igualita a la de la credencial del vendedor.

El gremio de estos agentes, como cualquier otro, está fuertemente unido, tanto así que cada uno en la fila resulta en la extensión de otro, pues con una naturalidad como si tal, se gritan entre ellos a lo lejos: “vente acá, te estaba apartando tu lugar”. Entonces el apéndice recorre los lugares en la fila medio exculpándose medio empujando, con el cinismo del que se sabe intocable bajo la sombra del gremio.

El del contra-burócrata es un trabajo peculiar. Viven de ahorrarle la fila y el tiempo a sus clientes, a costa de su paciencia y tolerancia. Dicen por ahí que el tiempo es oro, que hay que vivir cada segundo como si fuera el último, por esa razón es que están ellos, para ahorrarnos a los demás importantísimos minutos de sueño, para salvarnos de las ventanillas y para evitarnos la agridulce sonrisa de la burocracia.

Al final, aún desconozco por qué, saltaron a todos los contra-burócratas que estaban adelante de mí y fui el primero en la fila en llegar a la primera de tres ventanillas.

 






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