No se borra el pasado

Ridículas Casualidades
Manuel Augusto

Y ahora él te ruega
Por la causa en la que murió
Por amor por dolor
Ayudes a tu hermano a no morir
Enseñes al compatriota a compartir
Acudas ya con tu pueblo a combatir
Y enseñes a los niños a sonreír

Nada Pasó — Panteón Rococó


No hay paz. Las noticias corren como los ríos de sangre en cualquier rincón del país. El mismo que se hunde entre injusticias, spots y mentiras de las campañas presidenciales. Las banderas de colores confundidos y discordes se izan en lo alto participando en el juego de la farsa electoral, del futuro prometedor del México que nos merecemos y del cambio que está por venir y que nunca llega. Abajo en el suelo, la realidad nos golpea desde las entrañas que se pudren, o no alcanzan a pudrirse pues el ácido todo lo destruye, todo lo quema, todo lo desaparece. O no todo. El ácido no puede acabar con la ira, el enojo, el miedo ni el hartazgo. No puede acabar con el recuerdo ni la tristeza. No borra el pasado, por el contrario, cuenta la historia de miles, a quienes se les fue arrebatada la vida con aparente facilidad pueril. No, el ácido no termina con las historias, son el olvido, la corrupción e impunidad lo que las sepulta en el pasado.

No acaba por completo una pesadilla cuando, de súbito, otra comienza, sin poder entrever un final próximo, acaso el analgésico alivio de dar por terminada la anterior, cuando, con suerte, se entierran los restos junto a la incertidumbre y la esperanza, que quizá duele y hace más daño que la verdad maldita.

No llega el momento en que algo cambie. Y cómo esperarlo, las historias tienden a repetirse, sin importar los tiempos ni los colores de la silla presidencial. Somos presas del miedo y la suerte, de haber salido cinco minutos después y cruzarnos en el camino de una bala que no llevaba nuestro nombre, pero que la suerte se lo escribió al vuelo. No hay caso que perseguir, solo otro carpetazo. Un archivo entre tantos que se entierra bajo el polvo de la indiferencia.

No hay tiempo que perder. Los candidatos presidenciales tomarán como bandera la injusta muerte de los tres estudiantes, exigirán esclarecer los hechos y demandarán mano dura para los responsables. “¡No más injusticias!”, “¡No más desaparecidos!”, “¡No más estudiantes muertos!”. Una vez instalado en los Pinos, el timorato presidente continuará destinando recursos, girando órdenes, dando vueltas en círculo sin llegar a nada: lo de siempre.

No hay olvido, pero tampoco recuerdo. Al cabo de unos días, para algunos, los tres habrán quedado en el olvido, para otros permanecerá, más que el recuerdo, el miedo, y para otros tantos, todo habrá pasado como un capítulo más de una telenovela. El tiempo trascurrirá y la violencia nos volverá a azotar, como un loco golpeándose a sí mismo frente al espejo. No es desde arriba o de mero abajo, no se puede dividir lo inseparable, es el mismo mal que se expande en toda dirección, como una mancha o una sombra que, además de oscuridad, lleva consigo miedo, odio, ignorancia, corrupción, mentiras y falsos profetas.

No hay palabras sin eco. La violencia normalizada se extiende desde la misma sombra, desde la misma mancha que tiñe de rojo al país. No se puede decir en cadena nacional que “mochar manos” es una propuesta real de una candidatura, en medio de esta ola de violencia que amedrenta al país desde hace años, y no esperar reacciones; resulta por demás estúpido e inconsciente. Como era de esperarse, las repercusiones no tardaron, y como un eco a las palabras del Bronco, un día después del debate, en Acapulco dejaron a un lado de un cuerpo desmembrado un narco-mensaje haciendo alusión a su comentario. Qué más tiene que pasar para siquiera tratar de evitar normalizar la violencia.

No hay descanso ni tregua. Débiles destellos de algo parecido a una luz nos guiñan cada seis años con dejos de hartazgo más que de esperanza. Pero la sombra no se va, nos mantiene prisioneros de nuestro propio miedo, del mismo rabiar que no cesa. México ríe en medio del llanto. El humor nos hace fuertes hasta que se agota la risa y nos apuñala la verdad, con heridas que no matan (aún) pero lastiman en lo profundo. Lloramos riendo porque es más fácil así, porque sobran razones para que el llanto no termine y la rabia se avive, porque la risa apacigua la pesadez de vivir con miedo de haber dicho el último “adiós” sin saberlo. Ríe llorando porque el futuro no promete nada bueno, porque los cinco candidatos presidenciales hacen de la política un circo, de las necesidades de los ciudadanos un spot publicitario y del dolor ajeno el estandarte de una supuesta lucha que no se ha de ganar. México ríe llorando porque, aunque aquejado y dividido, resiste a todos y todo.

No puede esperar. La opinión pública estará dividida. Rápido correrán las frases moralinas en las redes sociales, ejecutando sentencias a ojos bien cerrados y bocas muy abiertas. Muy pronto los tres estudiantes serán canonizados y satanizados a la vez, porque siempre hay que encontrar un culpable, una razón, un desahogo; porque es más fácil encontrar una manera de engañarnos diciendo que todo estará bien, que ellos se lo buscaron que asumir culpas aunque sean distantes o de omisión; porque siempre es preciso juzgar, escupir palabras y ser el verdugo, dueño de la verdad y la razón, lejos de la empatía y el dolor colectivo, enfrascados en discusiones virtuales sin sentido.

No tenemos opción. El domingo primero de julio, las urnas se habrán de llenar de votos con apenas un ápice de ilusión. Como parece ser la costumbre, habremos de votar por el “menos peor”, por el que, con suerte, nos robará menos y dará algo de paz.

No habrá otro día. Al anochecer, los tres estudiantes serán parte de la historia que poco se contará, pasarán a ser parte de una estadística, de una gráfica, que, en algún próximo debate, algún candidato usará para desprestigiar a otro, y las miradas volverán a enfocarse en el distractor, en el truco de magia que sucede frente a nosotros y no podemos ─o no queremos─ ver.

 


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